ALIMENTO
PARA EL OJO - kurt folch
In
which things explain
each other,
Not themselves.
George Oppen |
Nuestra realidad es el
bosque en el que una bruja
luce y ofrece su despensa
cosmética y azucarada
al perdido de turno -una
multitud-, para cebarlo
al máximo y luego,
como en el cuento de los
hermanos Grimm, devorarlo.
Seguramente partes del
individuo pasarán
a integrar los sebos de
la estantería con
que otros serán,
a su vez, puestos a engorda.
La casa de chocolate que
ofrecía la bruja
como aparente refugio
en el cuento es, hoy por
hoy, la mansión
de la gula contemporánea;
invasiva, múltiple
y simultanea en todos
los sentidos. La gula
es uno de los muchos nombres
que posee el virus de
la adicción y la
variedad de sus señuelos
es proporcional al número
de necesitados de dosis
de lo que sea. Lo importante,
lo realmente importante,
es que la adicción
resista en el tiempo para
precisarla y generar las
condiciones que respalden
el consumo y la satisfacción.
Los Hansel contemporáneos
se transforman tras un
largo proceso de engorde
–o acostumbramiento
en el seno de la negligencia-
en consumidores de lujo
(cualquier consumidor).
Gretel –o Alejandra
Prieto, en este caso-,
como en el cuento, es
quien se ve atrapada por
la situación, pero
reconoce a la bruja como
tal, ve el problema y
plantea una salida que
en ningún caso
es fácil.
Gretel
es una reflexión
sobria y acertada acerca
del ojo como un depredador
omnívoro que,
producto de la superabundancia
de estímulos
y de una desidia intelectual
(y emotiva), padece
de una gula incontrarrestable.
A través de nueve
naturalezas muertas
la imagen es tratada
literalmente como alimento.
Con algo de ironía
la obra se presenta
con la neutralidad de
fotografías de
catálogo culinario
o de juguetes. Este
señuelo, en todo
caso, exhibe, y no oculta,
su verdadera intención,
ni la naturaleza contradictoria
de lo que expone: Nuestra
bruja del bosque, la
que nos ceba pacientemente,
podría ser –o
de hecho es- el mercado,
que sin contrapesos
inocula su obsesión
por la comida (cualquier
producto de consumo)
y la apariencia, haciendo
del ojo un perro domesticado
que saliva permanentemente
ante una galleta que
no es más que
una estafa. En este
caso hay aquí
una puntada dirigida
directamente al placer
(adicción) estético
del iniciado (Hansel)
en los códigos
del arte contemporáneo.
Pero lo que intenta
Gretel es advertir a
su compañero,
despertarlo quizá,
del adormecimiento en
que la dinámica
de la gula y su satisfacción
lo mantiene. Por supuesto
se trata de una advertencia
incómoda pues
el ojo debe volver a
acostumbrarse a ver
limpiamente, someterse
a un destartaje y reconocer
la crudeza de los elementos,
de la materia. Prieto
se vale en algunos casos
de la intertextualidad
plástica, pero
forzando la conceptualización
estética del
espectador a traspasar
la cómoda satisfacción
del reconocer en tales
imágenes objetos
y circunstancias que
les son familiares,
y resistir la contemplación
directa de las cosas,
la neutralidad de la
materia y sus formas.
Ojo expuesto a lo que
Barthes llamaba la brutalidad
de la carne; la extraña
y compleja materia prima
de la realidad y la
precariedad del hombre
ante ella. Es decir
que a pesar de la referencialidad
de los códigos
utilizados, Prieto no
intenta complacer al
espectador (nuestra
falsa errancia mental,
nuestro provincianismo)
con una dosis de homenaje
en código sofisticadamente
confitado. Lo que el
ojo y la mente reciben
es la exposición
del espinazo y del sistema
nervioso de aquello
que es el soma de un
tipo de consumidor de
lujo. Esta reflexión
se emparenta con el
viejo “No soy
lo que soy” de
Yago (en Otelo de Shakespeare)
o la famosa pipa de
Magritte. Aquí,
por ejemplo, el alimento
no se presenta como
apetitoso; ni la forma
citada se hace necesariamente
atractiva (se sospecha
de la cita) al constituirse
como un cuerpo hecho
de comida. Premeditadamente
ambos aspectos no terminan
de unirse; ambos se
manifiestan con frialdad
de conjunto.
En una época,
como la nuestra, de
inusitada y recargada
vulgaridad, la sencillez
con que Prieto resuelve
y articula su trabajo
es sorprendente y elegante.
Como un niño
(aunque sin ingenuidad)
que juega con plasticina
y recuerda un cuento,
articula y arma un ejemplo
de casa de la gula contemporánea.
Pero esta es una casa
en crudo: el alimento,
la materia, al fin,
no es camuflada bajo
capas de apariencias.
Imagino, supongo (espero)
que esto incomodará
a más de uno;
pues no es un proceso
confortable o indoloro
reeducar la percepción;
exige cierta disciplina
y buena salud intelectual
y emotiva. La realidad
de una mirada (la de
Prieto: materialista,
concreta, objetivista)
va creando lo que ve
sin temor ante lo evidente,
expone el enigma de
la materia y la manipulación
de las alternativas
del sentido. Esto es
importante, pues tales
alternativas, las que
el artista trabaja o
intenta trabajar, son
tratadas con lucidez
y limpieza para mostrarse
como una percepción
que distingue y señala
con precisión
las cosas entre las
que el hombre vive,
conoce y se conoce.
|